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jueves, 5 de junio de 2014

Reflejos del Devenir


 
Por Raoul Duke

“La aterradora inmensidad de los abismos del firmamento es una ilusión, un reflejo exterior de nuestros abismos”.
Con esta inquietante frase de Jorge Luis Borges (extraída de El espejo de los enigmas) se topa uno al ingresar a la sala donde se exponen las obras recientes del artista Juan Doffo en la Galeria Rubbers. La muestra, titulada Breves pasajes de luz (y que finalizó el 28 de mayo), es un recorrido por pinturas y fotoperformances que sirven como metáforas visuales o instrumentos que guían los sentidos hacia el territorio de lo simbólico, lo no configurado.

El propio artista se encarga de allanar el terreno: “La exposición afirma un aspecto de mi persona, que es la necesidad de crear estructuras, formas simbólicas, para vivir. Lo cotidiano es una construcción de cada día y le vamos dando forma sobre un plan, sobre una estructura, una arquitectura de lo real. Así trabajo yo: primero encuentro una geometría, una estructura y luego me dedico a volar, a jugar, a crear en base a la estructura. Uno puede dominar técnicas pictóricas o técnicas de cualquier tipo, pero si no tiene nada para decir, entonces no hay obra de arte”. Esto es evidente en todos los trabajos que conforman la muestra: universos que se disparan multiformes a partir de una actividad mental; espacios abiertos salpicados con luces, líneas, puntos; o pequeñas formas encerradas en paisajes de color como en estado embrionario. Los títulos, por su parte, son a la vez sugerentes y enigmáticos. Podemos encontrar nombres como “El alquimista piensa en las secretas leyes”, “Tal vez apenas somos reflejo” o “Espacios que ignoro y que me ignoran”, cuya apertura e interrogación parecen ser simples ventanas a través de las cuales el visitante debe arrojarse, desprenderse, en un ejercicio profundo de interpretación libre y canalización de lo percibido.

                                                                          Extraño sueño que no fue todo sueño: San Pablo bajo la lente surrealista de Juan Doffo

Doffo estudió Religiones Comparadas (que analizan las diferencias de interpretación de temas e ideas comunes a las distintas religiones del mundo) y se acercó al Zen. De esas disciplinas tomó conceptos que son centrales para comprender su visión. Adoptó la postura de Hermes Trismegisto, quien asegura que "todo es mente, todo es percepción de la mente”, así como que “vivimos entre dos infinitos y la única certeza es el instante, un pasaje de luz, y no debemos perder la capacidad de hallar el centro en ese instante”.

Pero quizá para entender mejor el estilo del autor haya que retrotraerse a sus orígenes en Mechita, un pueblo ferroviario de la provincia de Buenos Aires. Rodeado de llanuras inmensas y cielos enigmáticos, Doffo fue desarrollando una curiosidad incipiente por los fenómenos de la metafísica y la filosofía. De hecho se dice que aún conserva su casa allí, donde instaló una cama afuera para que sus hijos pudieran disfrutar la simple experiencia de mirar las estrellas.


El conjunto de las fotoperformances son fruto de la estadía del creador en una fazenda de San Pablo durante el mes de febrero, cuando fue invitado junto a otros artistas en el contexto de una residencia internacional. En ellas el elemento privilegiado es el fuego, como símbolo y enigma, que irradia paisajes salvajes, oscuros, nocturnos, casi como si se tratara de alguna clase de rito. Anillos sangrantes, troncos enardecidos por las llamas, rajaduras volcánicas; todos mensajes indescifrables provenientes de un más allá que juega con lo onírico, lo abismal. En el fondo, metáforas visuales que intentan dar respuesta a interrogantes universales: el amor, la belleza, el arte, la vida, la muerte, las creencias religiosas, el tiempo infinito.

Para cerrar, me quedo con las palabras de Lucas Beccar, que figuran en el prólogo de la muestra: “Doffo pinta ecos y extraños sueños que no son del todo sueños. Nos recuerda que la realidad es la que vivimos, recordamos y soñamos como breves reflejos en el devenir cósmico”.


martes, 27 de mayo de 2014

3er SAFARI URBANO AUDIOVISUAL

¡Atenti! ¡Damas y caballeros, se viene el 3er SAFARI URBANO AUDIOVISUAL! 

 Esta vez, el sábado 7 de junio, estaremos visitando el magnífico atelier “El Gato Viejo” del artista Carlos Regazzoni y su impresionante galería de arte. 

 Nos encontraremos con un espacio digno de ser fotografiado: esculturas y estructuras de diversos tamaños y materiales que parecen brotar por doquier; pinturas modernas que remiten a la ciudad, ¡deshechos ferroviarios convertidos en pura expresión artística! Una gran oportunidad para registrar con nuestras cámaras una experiencia cultural que ha gozado de reconocimiento internacional. 





 Nacido en 1943, Regazzoni vive y trabaja en los viejos galpones del ferrocarril. Tanto su obra como la de los noveles artistas que se exhiben y permanecen -resistiendo- por fuera del circuito tradicional (o institucional) que el arte moderno ha designado como “viable”. Podemos decir que su arte, el espacio elegido y el contexto porteño (estratégico), desde donde emerge su atelier, como representación conceptual-ideológica de su dinámica reciclado-escultura que nos devuelve la noción de que otro tipo de expresión es posible y necesaria.

  Estaremos visitando el taller radicado en Av. Del Libertador 405 (esquina Suipacha) Galpones 1-5; el sábado 7 de junio, de 15hs-17hs. ¡Acompañá a BAO en esta exploración adiovisual, por el terreno del arte!





martes, 20 de mayo de 2014

Paparazzi: Cazadores de lo prohibido



Por Raoul Duke

Imaginate tener la certeza que hagas lo que hagas, vayas a donde vayas, estés con quien estés, van a estar esperándote a Vos, su presa. Como las Erinias, esas deidades griegas que perseguían a los culpables día y noche siendo imposible evadirlas, ni siquiera con la culpa. Imaginate tener la sensación de vivir en una enorme pecera a la vista de todos, ser una vidriera permanente, estar desnudo frente a la lente ajena.
Días atrás, se estrenó en el Centro Pompidou-Metz de Paris la exposición “¡Paparazzi! Fotógrafos, estrellas y artistas”,  que rinde honor a los grandes representantes del “género” como Ron Galella, Daniel Angeli o Pascal Rostain. La antología está compuesta por 600 obras que incluyen: fotos, vídeos, esculturas y pinturas. El propósito es abordar la profesión en toda su complejidad. Sus mitos, particularidades, mutaciones, efectos; pero en especial la ambigua relación entre los paparazzi y las celebridades a través del tiempo. Está dividida en tres partes: La alfombra roja; Interview (donde los visitantes quedan expuestos a una lluvia de flashes como si fueran stars), y el kiosco, que muestra cómo las revistas y diarios satisfacen su demanda con su propia retórica y diseño.

La muestra, sin embargo, es también un recorrido sobre la permeabilidad que ha tenido esta particular estética en el campo del arte contemporáneo, donde reconocidos creadores se han reapropiado de sus códigos. “La idea era elaborar un proyecto científico de un fenómeno con un siglo de existencia, pero que nadie ha estudiado con atención”, asegura Clément Chéroux, el comisario de la expo, quien agrega: “Los paparazzi no son artistas, porque no trabajan con la voluntad de hacer arte, pero su obra tiene una calidad estética involuntaria (…) Si los creadores de la última mitad de siglo no tardaron en reinterpretar sus códigos es porque eran conscientes de que la foto robada simbolizaba su tiempo”. Esto es tan evidente como que  la intrusión en la vida ajena se ha convertido en una práctica socialmente aceptada. “La idea era elaborar un proyecto científico de un fenómeno con un siglo de existencia, pero que nadie ha estudiado con atención”, sugiere Chéroux.

El escritor Salman Rushdie, sostuvo en declaraciones recientes que el debate en la exposición se centró en la idea de poder. "La figura pública se complace en ser fotografiada sólo cuando está preparada, en guardia, se podría decir, pero el paparazzo sólo busca el momento de descuido. La batalla es por el control, por una forma de poder. Se libra entonces una batalla sin fin por el control de la imagen", puntualizó. Como ejemplo de esas “batallas”, se recuerda en la muestra al legendario Ron Galella, “a quien Marlon Brando rompió la mandíbula, Richard Burton mandó a la cárcel y contra quien Jackie Kennedy obtuvo de la justicia un interdicto de acercarse a ella y a sus hijos a menos de 45 metros”, tal cual se aclara. Así y todo, nunca dejó de sacar fotos.
Todos coinciden en que las grandes dificultades de la profesión comenzaron el 31 de agosto de 1997 con la muerte de la princesa Diana, víctima de un accidente automovilístico cuando ella y su compañero eran perseguidos por paparazzi por las calles parisinas. La investigación oficial atribuyó las causas del accidente a la velocidad y al conductor, alcoholizado. Pero el triste episodio frenó el ardor editorial. De golpe las fotos de los paparazzi ya no daban gracia. “Antes había un cierto glamour en nuestra profesión, ahora se nos considera unos busca m…”, lamenta Daniel Angeli, quien recordó que en su época perseguía a Sofia Loren, Orson Welles o John Lennon y no a oscuros desconocidos que conocen la gloria fugazmente para volver luego al olvido. A su vez, todo ellos son bien conscientes de que su especialidad es considerada como la más baja dentro del periodismo y no dudan de llamarse a sí mismos “ratas”, como lo afirma Pascal Rostain, uno de los más célebres referentes, en el catálogo de la exposición. La ironía, sin embargo, es que no hay tanta distancia entre el fotógrafo de guerra, y el “perseguidor”. De hecho existen numerosos ejemplos de profesionales que pasaron de un género a otro. Por ejemplo, Nick Ut, autor de la imagen de la pequeña vietnamita quemada por el napalm en 1972, es también autor de una imagen de Paris Hilton de 2007 en un auto de la policía.

La exposición abre sus puertas con La Dolce Vita, película clave en toda ésta historia. De ahí la inmortalización del término “Paparazzo”, sobre cuyo origen se han tejido numerosas hipótesis. En su libro “The Facts on File Encyclopedia of Word and Phrase Origins”, Robert Hendrickson apunta que aquella era la palabra con la que en Rimini (ciudad al norte de Italia de donde era originario Fellini) se referían al molesto y continuo zumbido de un mosquito (pappataci) y que fue utilizada por el director por la similitud entre el zumbido del insecto y el habla rápido, insistente y atropellado tan peculiar que tenían los fotoperiodistas cuando pedían a las estrellas que posasen para ellos. Otras versiones (menos creíbles) indican que éste era el mote de un compañero suyo de la escuela cuando era pequeño y otros señalan que es la unión de las palabras pappataci (mosquito) y ragazzo (muchacho). De lo que no hay dudas, es sobre quien inspiró al personaje; se trata del fotógrafo de prensa Tazio Secchiaroli, uno de los fundadores de la agencia Roma´s Press Photo, especializada en imágenes robadas a los famosos.
                                                                                                                   
El director intuía que algo olía a podrido en el mundo de la farándula, mucho antes de que llegase la inquisitiva prensa rosa actual. La Dolce Vita (1960) era un retrato sobre la decadencia, perversión y frivolidad de una sofisticada pero corrompida aristocracia, la banalidad del star system y, desde luego, los parásitos que les rodean, esos que les hacen el juego o mendigan fotografías e historias sensacionalistas con las que alimentarse.

Pero si Fellini les dio su nombre, su origen data desde antes de los años 60. Algunos sitúan su nacimiento ya en las primeras ediciones del Festival de Cannes, otros en el Hollywood de los años 20. Pero algunos enamorados de la historia se remontan más lejos, cuando en 1888 el fotógrafo Giuseppe Primoli sorprendió al pintor Edgar Degas saliendo de un baño público parisino o aun diez años después cuando los fotógrafos Max Priester y Willy Wilcke sobornaron a una empleada y tomaron la foto del canciller alemán Bismarck en su lecho de muerte. Era la gran época del glamour y no era inhabitual que se tejieran lazos entre unos y otros; se solía llegar a un acuerdo informal: las estrellas posaban para una foto y a cambio los paparazzi las dejaban en paz. Pero con el tiempo la relación de las estrellas con los medios cambió. “Mostramos circunstancias donde hay acuerdos entre la estrella y los paparazzi. Algunas estrellas los han usado para relanzar su carrera, para pasar información difícil. Nosotros tratamos de mostrar esos matices”, admite Cheroux en relación a la muestra. El propio Secchiaroli lo sintetiza de esta forma: “El día que los paparazzi dejen de correr detrás de las estrellas, las estrellas van a correr detrás de los paparazzi”.
 

Mucho se ha discutido a lo largo de los años sobre la mecánica utilizada por estos fanáticos de la instantánea para lograr su objetivo. Enric Bayón, autor del libro “Secretos de un Paparazzi”, argumenta que la principal herramienta es pasar de ser percibido, no ser visto. “De esa forma, sacás lo mejor de ese personaje de manera natural”, confiesa. Otros, como Francis Apesteguy (ex-paparazzo), desglosan que en definitiva se trata de una construcción. “No hay que dejarse envolver por falsas creencias y hay que saber esperar. Para esperar, está Cartier-Bresson, quien dejó una bella frase filosófica. Él se para en la calle, ve un cuadro, lo encuentra interesante y espera. Y para saber esperar, él dice: ‘No hay que querer nada porque sino tendremos nada’. Un buen paparazzo es aquél que llega a integrar esa frase”.


“La vida no son detalles significantes, iluminados por un flash, fijos para siempre. Las fotografías sí lo son”.
                                                                                                                                                                       Susan Sontag

jueves, 3 de abril de 2014

Vacaciones en Marienbad


“Lo que le pide, ya no es que reciba un mundo acabado completamente hecho, pleno, cerrado sobre sí mismo, 
sino que al contrario participe en una creación, que invente a su vez la obra- y el mundo-y aprenda así a inventar su propia vida”.

(Alain Robbe-Grillet, escritor y co-autor de Hace un año en Marienbad).



Por Vizzor.

 Falleció Alain Resnais a sus 91 años, el pasado 1ro de Marzo. Una terrible pérdida para el mundo del séptimo arte, un ícono de la modernidad cinematográfica y uno de los más virtuosos narradores que ha dado este arte. Dotado de un genio y sensibilidad poco usual, este gran cineasta continúo filmando hasta sus últimos días.

 Recuerdo con gran entusiasmo haber ido a ver Corazones (2007) estrenada primero durante una edición del BAFICI y quedar maravillado por el talento de este hombre. En 2009 estrenó Las hierbas salvajes y tres años más tarde llega al MARFICI (Festival de Mar del Plata) You ain´t seen nothing yet. Su última obra, Life of Riley, no llegó aún a nuestro país, fue seleccionada en Febrero de este año para la programación del Festival Internacional de Berlín. 

 Mi atracción por el arte de Resnais se funda en su concepción del hecho cinematográfico, el hecho fílmico en sí mismo y su-nuestra- manera de percibirlo. Me refiero puntualmente a tres momentos de su hacer: el carácter documental que presenta el cine (por su capacidad de representación), el hecho a comunicar o registro per se (sea ficción o no) y finalmente su mirada personal. Nos hace presente un hecho que ya tomó lugar (o no) en algún momento, pero ahora vuelve dentro de un discurso fílmico que percibe al tiempo como algo trágico, humano y con una fuerza estéticamente devastadora. Quiero decir, para este artista, el tiempo lo es todo, es hecho, es registro, es testimonio pero más importante es compromiso; haciendo énfasis especialmente en la memoria (y no en el mero recuerdo). Pensar en Noche y niebla (1955), su documental sobre el sistemático exterminio por parte de los Nazis durante la segunda guerra mundial, su política de terror y los campos de concentración, parecería ser una de las posibles respuestas al interrogante “¿es posible representar el horror luego de Auschwitz?”; sin caer en la banalización o la exhibición abyecta del hecho representado. El gran problema en este tipo de discurso artístico es el hecho estético-simbólico (su modo de representación) y por lo tanto es ineludible el debate dentro del plano ideológico (Films como La lista de Schlinder (1993) de S. Spielberg o La vida es bella (1997) de R. Benigni, se ubicarían en las antípodas de Noche y niebla).

“Hiroshima Mon Amour es un film que se sumerge a la vez en el pasado, presente y también en el futuro. En él encontramos un sentimiento muy fuerte del futuro, y sobre todo de la angustia del futuro”.

(Eric Rohmer, cineasta, revista Cahiers du Cinema N°97, Julio de 1959).

 En 1959 debuta con Hiroshima Mon Amour, basado en la obra de Marguerite Duras, donde plantea esta vez la memoria como ejercicio estético, el tiempo y el cine, el distanciamiento emocional tanto de los personajes como del propio espectador, el documental y la ficción, la reflexión y el vacío, la imposibilidad de un romance y el horror de la guerra. Anclado en una búsqueda personal y artística, precursor de la Nouvelle Vague, influenciado por el existencialismo literario francés y  su colaboración con Alain Robbe-Grillet conciben una obra que podría ser la misma apoteosis del pensamiento fílmico de Resnais, Hace un año en Marienbad (1961). Se ha comentado la influencia de la novela “La Invención de Morel” de Bioy Casares sobre el desarrollo de este film, aunque Robbe-Grillet ha reconocido no basarse puntualmente en la obra del argentino pero si recordar “gente que baila, que pasea y que se baña en la pileta, como veraneantes instalados de hace tiempo en Los Teques o en Marienbad".

“Resnais es un cubista. Quiero decir que es el primer cineasta moderno del cine sonoro”.

(Jacques Rivette, cineasta, revista Cahiers du Cinema N°97, Julio de 1959).


 Así nos invita Resnais al engima que es Marienbad, un laberinto donde la vuelta por cada pasillo es un fragmento extraído de algún recuerdo, alguna subjetividad no presente. Un interrogante lógico podría ser preguntarse ¿si aquella pareja efectivamente se conoció el año anterior en ese lugar o no? pero el conflicto acá no interesa, ni siquiera la respuesta. Los personajes parecerían existir en un presente perpetuo sin lugar para la memoria y los espectadores sin ningún recurso narrativo tradicional en donde refugiarse.



“El trabajo del realizador ya no consiste en contar una historia, sino simplemente en hacer una película en la que el espectador descubrirá una historia. El verdadero sucesor del director de cine tradicional no es Resnais ni Robbe-Grillet, sino el espectador de Hace un ano en Marienbad”.

(André S. Labarthe, revista Cahiers du Cinema, n°123, Septiembre de 1961).


 Robbe-Grillet planteó que “el único personaje importante es el espectador; es en su cabeza que se desarrolla toda la historia, que es exactamente imaginada por él”. La relación generada con el espectador es totalmente activa, participativa, es adentrarse en un mundo ficcional o real, que como el cine mismo, solo se materializa para nuestros ojos, siempre y cuando podamos-queramos volver a él, este se nos (re)presentará como un desafío intelectual y artístico sobre lo real.

 Volver a ser espectadores de estos films no sólo es homenajear durante estos días a Alain Resnais, es hacerlo presente; a él como cineasta, su mundo y mirada. Así como también depositar nuestra esperanza en que nuevos espectadores vayamos a vacacionar pronto a Marienbad.